Manifestaciones inteligentes

Por cierto, en lo que acabamos de analizar no hay nada que revele la intervención de un poder oculto. Esos efectos podrían explicarse perfectamente a través de la acción de una corriente magnética, o eléctrica, o también por la de un fluido cualquiera. Esa fue, en efecto, la primera solución que se dio a tales fenómenos, y que con razón podía pasar por muy lógica. Sin duda habría prevalecido si otros hechos no hubiesen venido a demostrar que era insuficiente. Esos hechos son las pruebas de inteligencia que los fenómenos ofrecieron. Ahora bien, como todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente, quedó en evidencia que, aunque se admitiera en esos casos la acción de la electricidad, o de cualquier otro fluido, había otra causa que estaba involucrada. ¿Cuál sería? ¿Qué inteligencia era esa? Veamos lo que la continuidad de nuestras observaciones ha demostrado.

Para que una manifestación sea inteligente no es necesario que resulte elocuente, ingeniosa o erudita. Basta con que dé muestras de un acto libre y voluntario, a través del cual se exprese una intención o se refleje un pensamiento. Por cierto, cuando vemos una veleta agitada por el viento, estamos seguros de que sólo obedece a un impulso mecánico. Sin embargo, si reconociéramos en sus movimientos señales intencionales, si girase hacia la derecha o hacia la izquierda, con rapidez o lentitud, conforme a las órdenes que recibiera, estaríamos forzados a admitir, no que la veleta es inteligente, sino que obedece a una inteligencia. Lo mismo sucedió con la mesa.

Hemos visto que la mesa se movía, se elevaba y daba golpes bajo la influencia de uno o de varios médiums. El primer efecto inteligente que se observó fue la obediencia de esos movimientos a una orden dada. De ese modo, sin cambiar de lugar, la mesa se levantaba alternativamente sobre el pie que se le indicaba. Luego, al caer, daba un número determinado de golpes en respuesta a una pregunta. En otras ocasiones, sin el contacto de ninguna persona, la mesa se paseaba sola por la habitación, yendo hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia adelante o hacia atrás, ejecutando diversos movimientos según las órdenes que recibía de los presentes. Es obvio que descartamos toda sospecha de fraude, y que admitimos la absoluta lealtad de los testigos, certificada por la honradez y el completo desinterés de todos ellos. Más adelante hablaremos de las supercherías, contra las cuales es prudente ponerse en guardia.

Por medio de los golpes, y en especial mediante los crujidos producidos en el interior de la madera, a los que nos hemos referido poco antes, se obtienen efectos todavía más inteligentes, tales como la imitación de los diversos redobles del tambor, de las descargas de fusilería por fila o por pelotón, o de un cañonazo; también, del rechinar de la sierra, de los golpes del martillo, del ritmo de diferentes composiciones musicales, etc. Como se comprende, se trataba de un vasto campo para la exploración. Entonces se admitió que, dado que en esos efectos había una inteligencia oculta, esta tendría que ser capaz de responder a las preguntas, y de hecho respondió, con un o un no, por medio del número de golpes que se había convenido para cada caso. Dado que esas respuestas eran muy insignificantes, se concibió la idea de hacer que la mesa indicara las letras del alfabeto, a fin de que compusiera palabras y frases.

Esos hechos, reproducidos a voluntad por millares de personas en todos los países, no podían dejar lugar a ninguna duda sobre la naturaleza inteligente de las manifestaciones. Entonces surgió un nuevo sistema, según el cual esa inteligencia sería la del médium, la del interrogador o incluso la de los presentes. La dificultad residía en explicar de qué modo esa inteligencia podía reflejarse en la mesa y expresarse a través de golpes. A partir de que se comprobó que esos golpes no eran producidos por el médium, se dedujo que eran emitidos por el pensamiento de alguno de los presentes. Ahora bien, el hecho de que el pensamiento produjera los golpes era un fenómeno aún más prodigioso que todos los que se habían observado hasta entonces. La experiencia no tardó en demostrar que esa opinión era inadmisible. En efecto, las respuestas se manifestaban con mucha frecuencia en oposición formal al pensamiento de los presentes, así como fuera del alcance intelectual del médium, e incluso en idiomas que él ignoraba, o con el relato de hechos que ninguno conocía. Los ejemplos son tan numerosos que es casi imposible que quienes se han ocupado un poco de las comunicaciones espíritas no hayan sido testigos de ellos en más de una ocasión. Citaremos sólo uno, que nos ha sido relatado por un testigo ocular.

En un buque de la marina imperial francesa, que cumplía una misión en los mares de la China, toda la tripulación, desde los marineros hasta el comandante, se ocupaba de hacer que las mesas hablaran. tuvieron la idea de evocar al Espíritu de un teniente que había pertenecido a la unidad de ese mismo navío, y que había muerto dos años antes. El Espíritu acudió y, tras diversas comunicaciones que colmaron de asombro a todos los presentes, declaró lo siguiente, por medio de golpes: “Os ruego encarecidamente que os ocupéis de pagar al capitán la suma de… (indicaba la cantidad), que le debo, y decidle que lamento no haber podido restituírsela antes de mi muerte”. nadie conocía el hecho. El capitán mismo había olvidado aquella deuda que, por otra parte, era insignificante. no obstante, al buscar entre sus cuentas, halló el registro de la deuda del teniente, cuyo monto era exactamente igual al que había mencionado el Espíritu. Ahora preguntamos: ¿del pensamiento de quién podía ser reflejo esa indicación?

El arte de comunicarse a través de los golpes alfabéticos se fue perfeccionando, pero el medio era siempre muy lento. Con todo, se obtuvieron algunas comunicaciones de cierta extensión, así como interesantes revelaciones sobre el mundo de los Espíritus. Los Espíritus mismos indicaron otros medios, como el de las comunicaciones escritas.

Las primeras comunicaciones de ese género se obtuvieron al adaptar un lápiz a uno de los pies de una mesa liviana, colocada sobre una hoja de papel. Puesta en movimiento por la influencia de un médium, la mesa comenzó a dibujar letras, y luego palabras y frases. Ese medio se simplificó gradualmente a través del empleo de mesitas del tamaño de la mano, elaboradas para tal fin. Después, se usaron cestas, cajas de cartón y, por último, simples tablillas. La escritura era tan fluida, tan veloz y tan fácil como la que se obtenía con la mano. Sin embargo, más adelante se reconoció que todos esos objetos no eran, en definitiva, más que simples apéndices, verdaderos lapiceros, de los que se podía prescindir tomando el lápiz directamente. Así, llevada por un movimiento involuntario, la mano escribía bajo el impulso que le trasmitía el Espíritu, sin el concurso de la voluntad ni del pensamiento del médium. A partir de entonces, las comunicaciones de ultratumba no tuvieron otro límite más que el de la correspondencia habitual entre los vivos. Volveremos a referirnos a estos diferentes medios, que habremos de explicar en detalle. En este capítulo los esbozamos rápidamente para mostrar la sucesión de hechos que condujeron a comprobar, en esos fenómenos, la intervención de inteligencias ocultas, es decir, de los Espíritus.

 

Texto recogido del libro de Allan Kardec, El libro de los Mediums, publicado en París en el año 1861

 

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